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lunes, 23 de marzo de 2026

El poeta no siempre está presente...

VEINTICUATRO

           

            “Él me dijo:

            Entonces verías cómo las heridas se convertían en tinajas de vino,

que los verdugos bebían a la salud de sus dioses”.

 

El poeta no siempre está presente,

no está ni se le espera,

sufre de la inspiración,

del soplo de los dioses

y solo habla por pluma de ganso,

cuando se manifiesta

a la luz

y dice lo inenarrable.

Su voz es como una herida

que supura,

como el fiel de la balanza

que no se manifiesta tampoco

más que en el temblor y la duda,

cuando el tiempo y la justicia

hacen su labor

y marcan el final del tiempo

tal vez injusto

a la hora de la muerte.

Con suerte, el poeta

no ha dicho aún

su última palabra:

lo no dicho aún

            por indecible

lo no nombrado aún

            por innombrable

como el número de las arenas

del desierto,

o el número de las estrellas

y de pájaros:

sonidos, palabras, estribillos

que se repiten en el mismo orden,

nana, salmodia o cantinela

que suenan y resuenan,

como el ritmo del mar

y de las olas:

un, dos, un, dos, un, dos,

como el latir del corazón

el soplo de aire en los pulmones

se lanza luego en explosión

de la caverna

que convocan a la acción y a la vida,

a la práctica de la piedad,

al encuentro del otro

            y de lo otro

el hombre taciturno

que se manifiesta

en la palabra:

            hombre al fin.

 

Mariano Ibeas 24/01/2025


 

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